
Prólogo
“Donde termina la memoria de los hombres, comienza la leyenda.”
Hubo un tiempo en que el mundo era joven, cuando las montañas aún no conocían su nombre y los ríos trazaban por primera vez su camino hacia el mar. De aquellos días de gloria apenas queda un eco: torres derrumbadas entre la bruma, coronas enterradas bajo la hierba, y canciones que ya nadie recuerda cómo terminan.
Al filo del alba, un viajero solitario se detiene sobre el acantilado. A sus pies se extiende un valle sembrado de ruinas —los huesos de un reino que una vez tocó las nubes—. El viento le trae un aroma antiguo, mitad ceniza, mitad promesa. Sabe que su camino comienza aquí, donde la memoria de los hombres se desvanece.

Los llamaban los Reinos del Alba: imperios de piedra blanca donde reyes sabios gobernaban bajo estandartes que ondeaban más alto que las águilas. Sus bibliotecas guardaban el saber de mil generaciones; sus forjas templaban aceros que jamás se quebraban.
Pero toda edad dorada proyecta su sombra. La codicia, la soberbia y las guerras entre hermanos resquebrajaron aquellos tronos. Uno a uno, los grandes reinos cayeron, y sus salones magníficos quedaron para las raíces y el silencio. Hoy los aventureros se adentran en aquellas ruinas buscando reliquias olvidadas… y verdades que quizá fuera mejor no despertar.

No todos los pueblos antiguos han desaparecido. En los bosques de árboles plateados, donde la luz cae como polvo de estrellas, aún moran los linajes ancianos: guardianes de una magia que se apaga lentamente, como una brasa al final de la noche.
Los forjadores de las montañas aún labran la roca en salones profundos; los pueblos libres cabalgan las llanuras sin más ley que el viento; y entre las sombras del mundo caminan gentes menudas y valientes, de esas que la historia suele olvidar… hasta que son ellas quienes la cambian.

Y entonces, en el confín del mundo, algo despertó.
Al principio fueron rumores: aldeas silenciadas, caminos que ya nadie osaba recorrer, un frío que no traía el invierno. Después, las hogueras. Miles de ellas, encendiéndose en la lejanía como un segundo firmamento maligno. Una sombra antigua ha vuelto a alzarse, y con ella un ejército sin número, hambriento de coronas y de almas.
El horizonte arde. Y lo que se acerca no busca conquistar el mundo: busca apagarlo.

Contra semejante oscuridad, ¿qué pueden unos pocos? Y sin embargo, así ha sido siempre: cuando los grandes reyes callan, son los corazones humildes los que se alzan.
Un guerrero con una deuda que saldar. Una hechicera que persigue un saber prohibido. Un arquero de mirada afilada. Un explorador que conoce sendas que ningún mapa recoge. Extraños unidos por el azar y la necesidad, en torno al calor de una misma hoguera. No los eligió profecía alguna. Son, sencillamente, quienes decidieron no apartar la mirada.