
Prólogo
“No hay paz. No hay esperanza. Solo la guerra, y el filo de tu espada.”
El Dominio agoniza. Lo que un día fue un imperio de mil ciudades amuralladas hoy no es más que un archipiélago de fortalezas encendidas en la oscuridad, separadas por caminos que devoran a los viajeros y por bosques donde nada humano debería internarse. Entre muralla y muralla se extiende la noche, y la noche está llena de dientes.
Desde el norte sopla un viento enfermo que huele a metal y a podredumbre. Lo llaman la Mácula: la mancha que corrompe la carne, tuerce la mente y susurra promesas a quien ha perdido toda esperanza. Y en un mundo como este, la esperanza es la primera en morir.

Más allá de las Marcas Heladas, donde ningún estandarte del Dominio ondea ya, se abre el Yermo Aullante: una tierra herida donde el cielo sangra colores que no existen y la roca se retuerce como carne viva. Allí moran los Poderes Impíos, entidades sin nombre que se alimentan de la desesperación de los hombres.
De aquel horizonte maldito descienden las hordas: brutos deformes, hombres-bestia coronados de cuernos y guerreros que un día fueron humanos, antes de arrodillarse ante la Mácula. Marchan hacia el sur en números que ninguna muralla puede contener para siempre.

Contra semejante oscuridad, los hombres del Dominio se aferran a dos cosas: la fe y el fuego. En las catedrales-fortaleza, los sacerdotes guerreros bendicen el acero y prometen que la luz aún no se ha extinguido. En las hogueras de las plazas arden los señalados por la Mácula, mientras los cazadores de brujas vigilan cada rostro en busca de la mancha.
Y en los colegios arcanos, hombres y mujeres de voluntad de hierro aprenden a domar los vientos de la magia, sabiendo que un solo error —un solo Fallo Arcano— puede convertirlos en aquello que juraron combatir.

Nadie en el Dominio está limpio del todo. Cada golpe de suerte tiene su reverso, cada don su condena. El poder que salva una aldea hoy puede pudrir un alma mañana. Por eso los sabios repiten el viejo dicho: «teme más al precio que a la derrota».
Pero el Destino aún sonríe a unos pocos. Hay quienes nacieron con una chispa que la Mácula no logra apagar —héroes capaces de burlar a la muerte misma cuando todo parece perdido—. Son raros. Son frágiles. Y son lo único que se interpone entre el Dominio y la noche eterna.

La puerta ha caído. El tambor de la horda retumba en los adoquines y el humo tapa las estrellas. Solo quedan un puñado de soldados, un cazador de brujas con la mecha encendida, un mago con las manos temblando de poder y una espadachina que ya ha dejado de contar sus cicatrices.
No hay refuerzos. No hay retirada. No hay profecía que os salve. Solo estáis vosotros, el acero en vuestras manos y la promesa muda de que, si el Dominio ha de caer, caerá con vosotros clavándoos en su última muralla.